Ha pasado un mes desde que terminé todo el tratamiento (quimio en vena y pastillas), y ese día que terminas el tratamiento es cuando todo el mundo te dice: “ya terminaste el tratamiento, ya pasó todo, ya estás sana...deberías estar feliz”, pero algo dentro de ti se queda en silencio.
Por fuera una se ve bien. Pero por dentro estás rota y sigues viviendo muchos temores, miedos, cicatrices invisibles.
Y es justo ahí cuando empieza la otra cara del proceso oncológico. Ese momento en el que el médico te dice: “enhorabuena, has terminado el tratamiento, vuelve en tres meses”. Sales de la consulta y, de repente, te sientes un poco desamparada. Como si nadie te hubiera explicado qué hacer ahora con todo lo que ha pasado por tu cuerpo, con ese huracán que lo atravesó todo y dejó las cosas patas arriba.
Porque el cuerpo sigue hablando.
En mi caso, sigo lidiando con una fatiga profunda, dolores musculares, niebla mental… y con la necesidad constante de entender qué ha sucedido realmente.
Es imposible volver a la vida de antes. Principalmente porque la vida ya no es la misma. Y yo tampoco.
Empiezas a vivir de nuevo en un cuerpo que no reconoces del todo. Cualquier dolor nuevo asusta. Cualquier sensación distinta despierta la alerta. Aprendes a habitar un cuerpo que ha cambiado, que ya no responde igual, que necesita otros ritmos.
Poco a poco voy entendiendo que mi cuerpo ahora necesita tranquilidad. Y descanso. Mucho descanso.
Tengo una cicatriz. Una cicatriz vertical, grande, en el abdomen. El otro día, al tocarla mientras me duchaba, me vine abajo. Lloré. Pero también entendí algo: las cicatrices son la forma que encuentra la vida para que no olvidemos lo que hemos vivido. Son memoria. Son verdad.
Todo sucedió muy rápido. Y todo el proceso dolió mucho.
También he entendido que sanar no es solo que desaparezca el tumor. Sanar es que desaparezca la necesidad de que mi cuerpo vuelva a crear otro. Sanar es más profundo. Es físico, pero también emocional y vital.
Me doy cuenta de que, para sanar, necesito una nueva versión de mí. Una que priorice la paz. Que sepa decir que no sin culpa. Que viva sin dramas innecesarios. Que elija con cuidado las situaciones y las personas: alejarme de las que drenan mi energía y quedarme cerca de las que me la devuelven.
Voy entendiendo poco a poco que sansar no es correr, es parar. Es tratarme a mi misma y a mi cuerpo con compasión. Y eso, hoy, es suficiente.
Las tres siguientes imagenes lo resumen todo. Mención a sus creadores @Resiliencia, @Diariodereflexión y @amomicalva
Por fuera una se ve bien. Pero por dentro estás rota y sigues viviendo muchos temores, miedos, cicatrices invisibles.
Y es justo ahí cuando empieza la otra cara del proceso oncológico. Ese momento en el que el médico te dice: “enhorabuena, has terminado el tratamiento, vuelve en tres meses”. Sales de la consulta y, de repente, te sientes un poco desamparada. Como si nadie te hubiera explicado qué hacer ahora con todo lo que ha pasado por tu cuerpo, con ese huracán que lo atravesó todo y dejó las cosas patas arriba.
Porque el cuerpo sigue hablando.
En mi caso, sigo lidiando con una fatiga profunda, dolores musculares, niebla mental… y con la necesidad constante de entender qué ha sucedido realmente.
Es imposible volver a la vida de antes. Principalmente porque la vida ya no es la misma. Y yo tampoco.
Empiezas a vivir de nuevo en un cuerpo que no reconoces del todo. Cualquier dolor nuevo asusta. Cualquier sensación distinta despierta la alerta. Aprendes a habitar un cuerpo que ha cambiado, que ya no responde igual, que necesita otros ritmos.
Poco a poco voy entendiendo que mi cuerpo ahora necesita tranquilidad. Y descanso. Mucho descanso.
Tengo una cicatriz. Una cicatriz vertical, grande, en el abdomen. El otro día, al tocarla mientras me duchaba, me vine abajo. Lloré. Pero también entendí algo: las cicatrices son la forma que encuentra la vida para que no olvidemos lo que hemos vivido. Son memoria. Son verdad.
Todo sucedió muy rápido. Y todo el proceso dolió mucho.
También he entendido que sanar no es solo que desaparezca el tumor. Sanar es que desaparezca la necesidad de que mi cuerpo vuelva a crear otro. Sanar es más profundo. Es físico, pero también emocional y vital.
Me doy cuenta de que, para sanar, necesito una nueva versión de mí. Una que priorice la paz. Que sepa decir que no sin culpa. Que viva sin dramas innecesarios. Que elija con cuidado las situaciones y las personas: alejarme de las que drenan mi energía y quedarme cerca de las que me la devuelven.
Voy entendiendo poco a poco que sansar no es correr, es parar. Es tratarme a mi misma y a mi cuerpo con compasión. Y eso, hoy, es suficiente.
Las tres siguientes imagenes lo resumen todo. Mención a sus creadores @Resiliencia, @Diariodereflexión y @amomicalva


